viernes, 19 de octubre de 2018


MEMORIAS DE LA TINTORERÍA EN CUENCA

 Víctor Teodoro Arévalo Peña
 En casi todo el mundo, la tintorería es sinónimo de los locales de lavandería y planchado de ropa, añadiéndose a ello las labores de teñido, como un servicio más para que las prendas de vestir queden con un aspecto similar al nuevo. Pero la tintorería que se practicó hasta hace unas décadas en Cuenca, era un oficio independiente al de lavado y planchado; si bien, en algunos casos, se complementaba el servicio con estas actividades.


Este oficio nació como una demanda de los tiempos, fines del siglo XIX y primera mitad del XX, aunque también es necesario anotar que, fue bajo la influencia de personas que migraron desde el norte: provincias de Pichincha y Tungurahua. Así se instaló en Cuenca esta labor que complementaba la incipiente industria textil.


Desde los tiempos preincaicos, se practicaba el hilado y el tejido en los hogares, como una actividad femenina. Dicha labor se complementaba con el teñido de las prendas. Pero a finales del siglo XIX los conocimientos de tintorería a base de vegetales fueron desapareciendo; al tiempo que la ganadería creció hasta volverse la principal fuente de ingresos en el país. Entonces desde los campos la gente traía el hilo y los tejidos a las ciudades para que fueran tinturados.


Ya con los hilos teñidos los tejedores elaboraban los ponchos y las cobijas, o con los hilos sin color elaboraban también ponchos, chompas y bayetas que luego traían a las ciudades para que les dieran color y las cardaran. Con las bayetas coloreadas se elaboraban las polleras y los pantalones, actividades que también se realizaban en las ciudades con las primeras máquinas de coser, con las que se bordaban las polleras y las blusas y cotonas.


Las chompas de lana, especialmente, necesitaban un tinturado llamativo, pues no sólo se utilizaban en el campo, sino que se comercializaban en la ciudad. Hasta hace poco tiempo las chompas de lana eran producto de exportación porque llamaban la atención de los turistas. Además, eran apreciadas porque abrigaban y tenían larga duración.


La tintorería en Cuenca tuvo su auge con los importadores de sombreros y casimires. Al importar, llegaban sombreros de paño de diversos colores, muchos de los cuales no tenían aceptación en el mercado local; también llegaban casimires sin tinturar o de colores sin demanda. Entonces se teñía y planchaba las piezas de tela, y los sombreros luego de tinturados iban a los sombrereros que los dejaban listos para la venta.


La hojalatería era una artesanía que por aquella época se industrializó, pues comenzó a producir alambiques para la destilación de alcohol, pailas y calderos que servían para la tintorería, así como cantarillas y barriles para las lecherías. Esto ayudó a que se desarrollara la actividad que nos ocupa, pues volvió fácil construir locales adecuados para teñir en gran escala.


Vino también el impulso de la industria textil nacional, que producía piezas de tela sin color, para que fueran tinturados a gusto de los clientes en los diversos lugares; aunque esto desapareció con el crecimiento de la demanda que, unificó sus gustos por imposición de la moda.


A partir de los años cincuenta del siglo pasado, la industria textil mundial comenzó a producir fibras sintéticas, que no eran de lana ni algodón, o que se combinaban con estos materiales, para elevar la producción y rebajar los precios.


El comercio ya no hacía necesario piezas de tela sin tinturar, pues tanto la industria textil nacional como internacional producían tela de la mayor variedad de colores, para todos los gustos y lugares. Entonces la tintorería se limitó a prendas de vestir ya confeccionadas y este oficio se volvió más complejo. Requería de la técnica de muestreo para poner a consideración del cliente cómo quedaría la prenda luego de teñida.


Si bien, en sus inicios, la tintorería en Cuenca hizo acopio de conocimientos para el teñido a base de vegetales, como: el añil, el achiote, el nogal, la semilla de aguacate, la cochinilla, el limón; ahora requería el uso de productos químicos como el ácido sulfúrico, el ácido cítrico, el cloro, a más de la anilina y los colorantes de importación, que debían ser utilizados en proporciones precisas para no estropear las prendas o géneros.


Si no se practicaba la técnica del muestreo, el tintorero más experimentado, corría el riesgo de dañar la prenda de vestir que, por ser de material sintético, se extendía o deformaba, o se reducía hasta quedar irreconocible. También había que recurrir al desteñido, es decir: quitar primero el color de una prenda, para luego, darle otro adecuado. Así se pasaban prendas de color negro a café, o de azul a verde, etc., con el fin de incrementar la clientela. Esto requería un procedimiento especial, con químicos que volvieron singular el oficio de la tintorería.


Otro aspecto interesante era el tinturado de las polleras bordadas. Un desafío. Pues las propietarias, como es de suponer, querían que los hermosos bordados quedaran intactos, mientras el resto de la prenda cambiara de color. Entonces era preciso darle un tratamiento especial con cera a los bordados, para que el tinte no los dañara, y luego del teñido, se retiraba la cera, planchando con papel periódico.


También había una técnica para teñir camisetas de algodón, cobijas y chompas de lana. Consistía en amarrar la prenda en forma creativa, para que se entintara sólo en ciertas partes, y luego de dejarla secar, se abrían los amarres para volver a amarrar de manera que esta vez tomaran otro color sólo las partes no entintadas. Así se teñía la prenda de distintos colores y en una forma abstracta. Igual se podía poner una cuerda entintada sobre la camiseta o la chompa, de forma estética pero abstracta, antes de darle un color diferente a toda la pieza.


Toda prenda teñida se lavaba mucho una vez que salía del caldero, hasta que el color quedara firme y no volviera a salir en el próximo lavado.


Como el agua que corría se ha fugado el tiempo y de aquella actividad sólo quedan los recuerdos.








viernes, 28 de septiembre de 2018

PASAJE LEÓN Y BARRIO SAN FRANCISCO: Investigación histórica e intervención arquitectónica



PASAJE LEÓN Y BARRIO SAN FRANCISCO: INVESTIGACIÓN HISTORICA E INTERVENCIÓN ARQUITECTÓNICA



Esta publicación narra el origen y formación de un tradicional barrio cuencano: San Francisco, cuya evolución suscitó la transformación de inmuebles junto a la plaza homónima ejemplificada con la historia del Pasaje León y el relato de su puesta en valor.
Durante la colonia y hasta entrada la República, San Francisco albergó la residencia de un estrato social alto por su cercanía con la cuadra central que contenía la plaza mayor y edificios gubernamentales y religiosos de importancia; sin embargo a mediados del decimonónico, se torna comercial debido al crecimiento económico de la Ciudad y su Plaza se usa como mercado con el consecuente reemplazo de la burguesía por clases populares, en tanto los grandes comerciantes empezaron a invertir en propiedades e inmuebles en aquel sector.
En este contexto y frente a la Plaza, el negociante Víctor León Almeida erigió un inmueble con un pasaje que conectaría dos calles y que incorporaba el concepto visionario de centro comercial, engalanado con estéticas neoclásicas e historicistas que lo destacaron de las casas comerciales del barrio y expresaron la distinción de su propietario, cuyos orígenes humildes no le impidieron emparentarse con una adinerada familia de exportadores de sombreros de paja toquilla.
Al sustituir paulatinamente vivienda por comercio, el paisaje urbano-arquitectónico se modificó y algunas de las antiguas casas vernáculas de planta única subieron de altura, se cobijaron con portales exteriores hacia la Plaza y se ocultaron bajo ornamentos internacionales, esta evolución es comprensible sólo de la mano de los complejos procesos históricos de expansión y retracción económica que atravesó la Ciudad.
A mediados del siglo XX –en los 70s– San Francisco decayó por la salida de las últimas familias residentes, coincidiendo este fenómeno con el éxodo de las élites del resto del centro histórico hacia nuevas zonas marginales, en tanto que los grandes y suntuosos inmuebles se convertían en conventillos.
Para reactivar el sector y perpetuar su memoria, la Municipalidad adquiere el Pasaje León y lo entrega en el año 2015 para cumplir la doble función de albergar parte del comercio de la Plaza en planta baja y destinar los altos para oficinas públicas, usos que complementarían la ambiciosa reactivación de esta peculiar barriada morlaca.
Como unidades urbanas más pequeñas, los barrios son baluartes del legado cultural y custodios de la memoria de los pueblos, es decir, no es posible recordar sin ayuda de imágenes vívidas ordenadas en espacios arquitectónicos. Con este preámbulo, la historia de los barrios cumple la doble función de proporcionar el contexto en el cual la arquitectura y los hábitos que ella cobija adquieren sentido –sobre todo en épocas posteriores a su génesis– mientras que hacen posible la conexión generacional y salvan la brecha tecnológica que separa la contemporaneidad del pasado al procurar elementos de conexión manifiestos en arquitecturas y espacios públicos, símbolos que revisten una fuerza y vitalidad tales que los convierten en auténticos referentes de la identidad cuencana y de la memoria de la Ciudad.


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lunes, 24 de septiembre de 2018

ARQUITECTURA VERNÁCULA Y BARRIO SAN ROQUE: Historia, valoración y propuestas arquitectónicas.



ARQUITECTURA VERNÁCULA Y BARRIO SAN ROQUE: HISTORIA, VALORACIÓN Y PROPUESTAS ARQUITECTÓNICAS

En esta publicación se recopila la historia y conformación de un tradicional y populoso barrio cuencano: San Roque, las intervenciones arquitectónicas efectuadas por la Municipalidad junto con una serie de relatos que permiten entender el pasado y el presente de este microcosmos urbano desde una perspectiva social.
La historia de los barrios es un pilar fundamental para transmitir y perpetuar el legado cultural de la Morlaquia porque arroja información sobre las células primigenias de la urbe: las viviendas vernáculas. En ellas y muchas veces de forma latente se entrelazan las herramientas que fueron utilizadas para construir la Ciudad contemporánea de acuerdo a condicionantes medulares como clima, geografía y recursos locales. Estos hogares datan desde época precolombina y custodian saberes ancestrales hoy expresados en oficios que modelan con maestría materiales cosechados en el sitio a través de técnicas particulares.
La arquitectura popular es parte del entorno natural porque interactúa con el clima y los recursos mediante estrategias de diseño que le permiten aprovechar las bondades del clima y acentuar factores extremos; forma parte intrínseca de la tierra que se manifiesta en la huella dejada por los artesanos que la amasan, en las prácticas de albañilería con las que se erigen viviendas, en los hábitos que soportan la domesticidad familiar a través del cuidado de la tierra como mantenedora de la vida y en las prácticas agrícolas destinadas a extraer las bendiciones de la tierra.
Develar tradiciones vernáculas relativas al habitar, contenido en la casa popular, es el punto de partida para construir la historia de Cuenca impregnada en baluartes custodiados por los barrios. A partir de esta célula: la casa vernácula, evolucionaron las distintas tipologías, se sincretizaron varios de los estilos arquitectónicos y se consolidaron trazas urbanas presentes hoy en el casco histórico y en sus márgenes en concordancia a procesos económicos que impulsaron o constriñeron en distintas épocas el desarrollo de la Ciudad.
La información que aporta la casa rural y los saberes vernáculos se trasforman en herramientas claves para implementar sistemas de valoración, mantenimiento y gestión del patrimonio a través de políticas públicas y tendencias mercantiles.
Desde su fundación, Cuenca ha experimentado procesos continuos de crecimiento que han ido incorporando a la urbe barriadas que antes se encontraban a extramuros. El barrio de San Roque es un ejemplo claro de esta expansión. Hace apenas una centuria estaba fuera de los límites urbanos, dada su ubicación en torno a la vía que conducía hacia el Sur, a la ciudad de Loja, pero la creciente urbanización ha motivado la salida de las clases altas del Centro Histórico con el consecuente cambio del paisaje arquitectónico de las zonas marginales al irse reemplazando las viviendas vernáculas, los cultivos locales y el entorno natural.
San Roque y el eje de la avenida Loja engloban sectores que debido a su marginalidad relativa al perímetro urbano durante varios siglos, desarrollaron de forma intensa manifestaciones culturales populares materializadas de manera ejemplar en arquitecturas vernáculas engendradas en estrecha y respetuosa relación con el medio ambiente: un fértil entorno natural entre dos ríos. No obstante, debido a factores climáticos, contaminación y acciones derivadas del propio habitar; la permanencia de estos bienes se compromete y, por ello se requiere de vigilancia continua y atención técnica y normativa para detectar a tiempo cualquier alteración o afección que suscite desenlaces infaustos.
Descar libro aquí:  Arquitectura vernácula y barrio San Roque

viernes, 28 de octubre de 2016

LIBRO ESCUELA CENTRAL

VER LIBRO ESCUELA CENTRAL

CORES DA TERRA





CORES DE TERRA
MEMORIAS DEL TALLER DE PINTURAS NATURALES
En esta publicación se esboza el protagonismo de las pinturas naturales en viviendas cuencanas desde los albores de la Ciudad y su relación con la pintura mural, expresión artística que refleja parte significativa del constructo social de finales del decimonónico y principios del siglo XX. En este contexto, se recogen las vivencias de un evento organizado por la Dirección de Áreas Históricas y Patrimoniales y guiado por el experto brasileño Fernando de Paula Cardoso quien relata su trajinar por el mundo de la construcción sostenible como punto de partida para formular y aplicar con maestría pinturas naturales sobre distintos soportes; en especial, muros porosos de adobe o bahareque. La correcta formulación y aplicación de las capas previas a las tintas es de crucial importancia para su durabilidad porque además de proteger las tapias, afectan la capacidad de los materiales que forman el muro para gestionar y lidiar con la humedad.
 
Durante la capacitación se experimentaron materias primas diferentes en formulaciones y proporciones varias. Las tierras son elementos naturales cuyas propiedades varían en función de rasgos que influyen en su “receta” y –junto con la técnica de aplicación– afectan su calidad y durabilidad. Para evaluar y contraponer resultados, se recogieron muestras heterogéneas de algunos sectores cercanos a Cuenca.

Como reto último y cierre del evento, los asistentes confeccionaron una pintura mural en una vivienda tradicional y utilizaron colores a manera de una paleta que pone de manifiesto la naturaleza de cada tinta, así como los desafíos de la aplicación y la elección de tonos para obtener un conjunto estético armónico.
En términos generales, las pinturas naturales se preparan con materias primas distribuidas en abundancia en el medio y en varias locaciones del globo terrestre; han estado junto al ser humano desde sus albores y le han acompañado en el acondicionamiento de su vivienda y en la expresión de su alma a través de distintos medios artísticos. Sus beneficios se evidencian en la versatilidad de su colocación, en la ausencia de toxicidad y en el fácil acceso a los ingredientes que las combinan.
Las pinturas se componen de aglutinantes, pigmentos y disolventes, no obstante algunas pueden contener constituyentes adicionales: conservantes y agentes anti fúngicos. Conocer las materias primas de una capa fina de pintura alerta al usuario del peligro potencial de algunas sustancias usadas para su fabricación en la industria contemporánea pues varias de ellas se relacionan con alergias y afecciones al sistema respiratorio. Al contrario, los colores naturales utilizan componentes cuya toxicidad es nula y pueden ser aplicados con la garantía de salud para los moradores y para el medio circundante.
 Esperamos que esta cartilla se torne en un material de consulta básico para el ciudadano común que busca vincularse con saberes ancestrales aún presentes en el Cantón y representados por oficios tradicionales como la albañilería, la tejería o la elaboración de cal artesanal.






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martes, 2 de agosto de 2016

LA QUINTA FACHADA DEL CENTRO HISTÓRICO: PROYECTAMOS HACIA EL CIELO LO QUE CONSTRUIMOS O DESTRUIMOS EN LA TIERRA

Por Sonia Arévalo
Fotografías de Andrés Sánchez

Siempre consideré a Cuenca especial y atractiva, una ciudad privilegiada por su riqueza natural y cultural. Como arquitecta creí que pese a la pérdida de construcciones y espacios públicos tradicionales, como parte de los desafíos afrontados por el centro histórico, se había logrado mantener una parte significativa del patrimonio cultural edificado.

Sin embargo, ante nuevas tecnologías que hacen posible observar la Ciudad de manera panorámica, no sólo la cubierta de una edificación, un espacio público específico o uno de los parques tradicionales; sino el conjunto visto desde una nueva perspectiva, me pregunto: ¿cuál es el estado actual de su vista aérea?, ¿cómo se integra lo edificado al entorno natural?, ¿cómo se proyecta hacia el cielo lo que se construye en la tierra? Las respuestas a estas interrogantes evidencian el estado alarmante en el que se encuentra la quinta fachada.

¿Qué es la quinta fachada? Toda edificación tiene cuatro frentes expuestos según su tipología, pero hay otro que es invisible al observador desde la calle: la cubierta. Ésta, sumada a las de otros inmuebles, espacios verdes, parques, calles y las actividades de los habitantes, observados desde el aire, constituyen la quinta fachada.

Los orígenes de la Ciudad están en el casco antiguo, junto con la tradición y cultura reflejadas en edificaciones patrimoniales que cuentan la historia a través de materiales como la teja.  Sin embargo, en la actualidad Cuenca antigua pierde su color y con ello su identidad cultural evidenciada en el quebranto gradual del recubrimiento de teja de arcilla artesanal, elaborada por familias enteras, padres e hijos para quienes, durante años y por generaciones, ha constituido la única fuente de ingreso que ahora pende de un hilo. A esta situación se suman los agregados: culatas de bloque; terrazas de hormigón con chimeneas, cisternas, lavanderías, antenas; y espacios convertidos en bodegas que exhiben el deterioro de la quinta fachada. Se pierden también los espacios verdes, patios, traspatios y huertos de varias edificaciones patrimoniales; muchos de ellos transformados en parqueaderos que desmejoran la imagen aérea, la calidad ambiental y subrayan la falta de integración al entorno natural.

Los propietarios, profesionales y ciudadanos debemos ser conscientes de las afecciones causadas por intervenciones no apropiadas en las cubiertas. ¿Cómo mantener la fisonomía propia del casco histórico? Con el objetivo de descubrir vías apropiadas para enfrentar la situación de manera acertada, el Departamento de Investigación de la Dirección de Áreas Históricas y Patrimoniales está llevando a cabo un proyecto que será fundamental para la futura preservación y recuperación de la quinta fachada.

Valorar, recuperar, conservar y mejorar el Patrimonio cultural edificado son estrategias imprescindibles para mantener el rostro de la ciudad vieja y mostrar lo que fuimos y lo que somos como un crisol de etapas históricas, aspectos que serán tratados en las siguientes entregas sobre este tema.

Desde el barrio San Francisco hacia el oeste de Cuenca, Ecuador
Desde el barrio San Francisco hacia el norte de Cuenca, Ecuador

lunes, 1 de agosto de 2016

¡COCOLA, MONGOLA, TINCA LA BOLA DEL BACÍN!

Por María Arévalo

Cuenta mi padre que durante su niñez no había servicio de agua potable que llegara a los domicilios en nuestra ciudad. La casita en que nació,  de la Calle Larga, veía correr a su frente  una acequia que conducía las aguas servidas del vecindario y era el lugar en que los niños generalmente, vaciaban los grandes gualatacos -bacinillas de madera- en donde los miembros de la familia hacían sus necesidades.

Las familias acomodadas delegaban este oficio a niñas indígenas traídas de las zonas rurales cercanas a Cuenca para trabajar de por vida en sus casas a cambio de techo, comida y vestimenta. En esa época de precarias condiciones sanitarias, los piojos eran huéspedes normales de las personas y su lugar de asiento favorito era la cabeza.  La tarea de espulgar tomaba tiempo;  cuentan que era común ver a la luz del sol, a mujeres espulgando sus testas  y sus polleras en las aceras de las calles.  Pero no se molestaban en asear ni espulgar a estas pequeñas, sino que las rapaban.  Y eran las niñas rapadas, las pequeñas criadas, quienes botaban los bacines de sus amos en las acequias, aguantando las afrentadas de los rapaces que les gritaban: “Cocola, mongola, tinca la bola del bacín”,  por su cabeza sin pelo, por la oblicuidad de sus ojos que semejaba características mongólicas, y por el oficio de golpear violentamente con sus dedos el bolo fecal.

Para papá, hijo único, botar el bacín era un pretexto para divertirse con sus amigos en la acequia que traía en su caudal infinidad de cachivaches y pequeños animales muertos o casi muertos, confundidos entre un sinfín de bacinillas oxidadas.  Cuenta que muchas veces se le perdió el bacín de mis abuelos por distraerse en el juego y que aguantaba las “pisas” de su madre cuando llegaba a casa bien entrada la tarde, con un bacín cualquiera, que era identificado al día siguiente, cuando ya había sido ocupado.

Lo más triste, comenta, era rescatar cachorros de las aguas inmundas y no tener qué hacer con ellos, porque su madre no le recibía más animales.  Entonces, acudía trémulo, acunando el tesoro latiente y húmedo, a la tienda de mama Emilia, una viejecita sabia que oficiaba de curandera del barrio, cuya sensibilidad no era ajena a su súplica.  Después de las reprimendas del caso, le recibía el encargo, y se ocupaba de asistir al animalito hasta conseguirle un hogar permanente. Papá, con el corazón agradecido, le retribuía el favor, haciéndole todo tipo de “mandados” y  llevándole de vez en cuando, pescados capturados en las aguas del Tomebamba, que corría cerquita de su casa.

Cuando se inauguró en Cuenca el sistema de agua potable, contadas familias pudientes instalaron en sus viviendas los servicios higiénicos, que eran unas gigantescas tazas de loza conectadas a un tanque  alto que hacía de reservorio de agua y que se accionaba tirando de una cadena larga situada a un costado del depósito, las famosas baterías NIÁGARA. 

El arribo de estos aparatos  había sido una novedad. Cuenta papá que un compañero suyo de la escuela de los Hermanos Cristianos llegó con la noticia de que en su casa había un artefacto hermoso para hacer las necesidades, que no tenían que desocuparlo, porque tirando de una cadena, mágicamente desaparecían los excrementos.  Les llevó a los más íntimos a conocer el portento y poco a poco llevó a todo el grado; pero cuando el número de curiosos aumentó, se ingenió para cobrarles la visita, aplicándoles una tarifa de medio por orinada y real por cagada, monedas fraccionarias del Sucre, en ese entonces nuestra moneda oficial. Era un precio justo por el trabajo de introducirles a hurtadillas,  para evitar que fuesen vistos por los miembros de la familia. 

Durante mi niñez, ya se habían instalado servicios higiénicos en casi todas las casas, incorporados en espacios improvisados, alejados de las otras habitaciones.  En mi casa, el lugar era  tétrico, tanto, que en las noches, cuando la necesidad apremiaba, llegar allí significaba una verdadera tortura, por el frío, por la oscuridad, por el sinfín de leyendas sobre apariciones en lugares lúgubres, contadas por el Toyo, mi hermano mayor, genial inventor de cuentos, nuestro propio Allan Poe. Pero los muchachos de la casa no se hacían problema, habían descubierto sitios alternativos, según contaban, las plantas sembradas en las macetas de la casa les debían a ellos su exuberancia.

Lo que no había o era muy escaso era el papel higiénico, en su lugar se utilizaba papel periódico. Era habitual observar en los cuartos de baño de aquel tiempo, justo al lado de la taza del servicio, un enorme clavo con recortes de periódico que cumplían su cometido con eficiencia y que además informaban a quien se encontraba “en labor”.

Las duchas llegaron mucho después.  En mi casa, para el aseo semanal se calentaba agua en grandes ollas en los “tontos”, fogones de aserrín comprimido dentro de un tarro viejo, que fueron cruelmente reemplazados por las modernas ollas eléctricas de cocción lenta; y nos bañábamos en tandas, primero las mujeres, luego los hombres, después los niños, en un pequeño estanque construido en la terraza; usábamos siempre jabón negro y en ocasiones especiales champú al huevo que venía en diminutos cojines, traído de contrabando por los comerciantes del “Chico Ipiales”, como se le conocía al grupo de tiendas ubicadas a un costado de la Iglesia de San Francisco.

La presencia de los baños públicos, instalados en dos o tres lugares de la ciudad, significó una bendición. Hasta ahí llegaban familias enteras con su maletín al hombro en busca de un baño con agua caliente. Recuerdo con toda nitidez y hasta percibo el olor de aquel recinto muy cercano a mi casa, que era tan frecuentado por la comodidad que ofrecía y por la limpieza de sus instalaciones, de propiedad de una familia Tamayo.

Cuando llegaron a Cuenca las duchas eléctricas fue todo un suceso. Mi madre hizo construir un cuarto de baño específicamente para el efecto, y solicitó la ayuda de un hábil amigo del barrio para la instalación de la ducha.  El señor realizaba su trabajo en medio de la algarabía de los niños que esperábamos desnudos, envueltos en una toalla, el funcionamiento de la pequeña máquina. Cuando se nos permitió ingresar porque el trabajo había concluido, se produjo un corto circuito que nos hizo volar despavoridos por toda la casa. Qué desazón, nunca pudimos bañarnos en agua caliente; como recuerdo quedó el tubo vacío por donde salía agua fría, cuyo contorno húmedo era aprovechado por diminutas lengüitas sedientas, de pequeños roedores que habitaban en el tumbado y nos acompañaban en esas heladas jornadas, que las soportábamos con estoicismo, convencidos de que nunca íbamos a pescar un resfriado, porque como decía mamá, el agua fría templaba nuestros nervios y nos hacía más fuertes.